El Tranvia en Cuba

EL TRANVIA EN CUBA. SU HISTORIA.

A comienzos de la década del 30 la prensa cubana se inundaba de anuncios como este: “Mande a sus hijos a la escuela en tranvía; llegarán seguros”. Y a decir verdad, ese medio de transporte garantizaba entonces un viaje cómodo y feliz.

El servicio tranviario empezó a paralizarse progresivamente, más en el orden de la eficacia que en el de las utilidades, pues si en 1942, con 521 carros, la empresa que lo operaba recaudó algo más de dos millones de pesos; en 1944, con 420 coches, obtuvo ingresos por más de cuatro millones y medio, y tres años después, con solo 400 vehículos en uso, la recaudación sobrepasó los siete millones.

¿Qué sucedía? Más que de muerte natural, el tranvía moría asesinado en Cuba. Afirmaba la revista Bohemia: “Congestionados hasta el máximo, los arcaicos vehículos dejaban de ser elemento de utilidad pública para transformarse en instrumentos de tortura urbana”.

LOS NUEVE PUNTOS

El tranvía era un vehículo movido por la energía eléctrica y se desplazaba por carriles que no sobresalían de la calle o calzada. Ancho y ventilado, tenía una plataforma en la parte posterior y alcanzaba hasta nueve puntos de velocidad. El motorista podía ser cubano, si era blanco, pero la de conductor era plaza reservada a españoles. Privilegio este que erradicó la llamada ley de nacionalidad del trabajo, dictada por el presidente Grau San Martín en 1934, que obligó a las empresas establecidas en el país a que fuese cubana la mitad de su empleomanía. Aún así, no fue hasta bien avanzada la década del 40 cuando entró el primer negro a laborar en los tranvías.

Llegaron a circular más de 30 líneas de ellos en La Habana y sus barrios, líneas que se identificaban con letras y números. Las “V” salían del paradero del Vedado; las “P”, del de Príncipe y las “C”, del Cerro, en tanto que las “S” lo hacían de Santos Suárez, y las “M”, de Jesús del Monte. El L-4, Lawton-Parque Central, por ejemplo, comenzaba viaje en San Francisco y 10 de Octubre y, en bajada, llegaba por San Francisco a la Avenida de Acosta, seguía por Concepción, 16, B, Octava, Concepción, 10 de Octubre, Calzada de Monte, San Joaquín, Infanta, San Rafael, Consulado, San Miguel, Neptuno y Monserrate. Y subía por Empedrado, Aguiar; Chacón, Monserrate, Neptuno. Infanta y 10 de Octubre hasta San Francisco.

LA CUCARACHA

El transporte público en La Habana comenzó con vehículos de tracción animal. Se trataba de los coches de alquiler y, a partir de 1859, de lentas guaguas tiradas por mulos. Pero ya a finales del siglo XIX comenzó a circular la célebre “cucaracha”, maquinita de cajón, como se le llamaba, movida por vapor. Operaba entonces el servicio, como una concesión del gobierno español, la Empresa de Ferrocarril Urbano y de Ómnibus de La Habana, pero al acercarse el fin de la soberanía de España en Cuba, la junta de accionista de dicha entidad acordó ceder sus derechos. Es entonces que aparece en escena un personaje curiosísimo y digno de investigación, Tiburcio Pérez Castañeda.

Había nacido en Pinar del Río, en 1869, y estudió Derecho en la Universidad de Barcelona y Medicina en las de La Habana y París. Se especializó como cirujano en Gran Bretaña y se desempeñó como profesor de Medicina Legal en nuestra más alta casa de estudios. Miembro del Real Colegio de Cirujanos de Londres, fue médico militar honorario de los ejércitos del zar de todas las Rusias y médico ad-honorem del rey de Inglaterra, mientras que en Francia lo hacían Caballero de la Legión de Honor, el zar le concedía la Gran Cruz Imperial de San Estanislao y ocupaba en España, por las regiones de Huesca y Burgos, un escaño como Senador del Reino. Alfonso XIII, en 1927, le conferiría el marquesado de Taironas, que quedó vacante a su muerte, en La Habana, en 1939.

Títulos aparte, don Tiburcio era una fiera para el dinero, y desconfiado como él solo, apenas disfrutó de la concesión en el manejo de los ómnibus urbanos habaneros. La vendió, antes de la ocupación militar norteamericana, a intereses canadienses que constituyeron la Havana Electric Railway Co., traspaso que sirvió a su vez para ponerla, con el tiempo, en manos de la Havana Electric Railway, Light and Power Company, empresa incorporada al estado de New Jersey, que controlaría no solo los tranvías, sino también el servicio de alumbrado eléctrico y de fuerza motriz y la fabricación y distribución del gas artificial en la Habana y sus suburbios. El primer tranvía eléctrico circuló en esta capital en 1901.

STEINHART

Alemán de origen, pero nacionalizado norteamericano, Frank Steinhart llegó a Cuba como parte del ejército de ocupación y se quedó cuando las tropas interventoras salieron de la Isla. Durante 1902 y 1903 actuó aquí como representante del Departamento de Guerra de su país y tuvo en custodia los archivos del gobierno interventor. Desde esos puestos usurpó las principales funciones del cónsul general norteamericano en Cuba pues el presidente Estrada Palma lo prefería a este para tratar los asuntos concernientes a las relaciones con EE: UU. Así se calzó en propiedad el consulado general, que desempeñó hasta 1907. Sus funciones le valieron un sinnúmero de relaciones personales valiosas en la Isla.

Se dice que los socios norteamericanos de la Havana Electric Railway Co., se quejaron al cónsul de su país del manejo que la parte canadiense de la empresa hacía de los títulos de propiedad. Steinhart trasladó la queja al presidente de la compañía, radicado en Montreal, y este, despectivamente, le contestó que cuando él fuera el accionista mayoritario y ocupase la dirección, podría administrarla a su antojo.

Steinhart vio esas palabras como un reto y sin pensarlo apenas trazó su estrategia para adquirirla. Visitó a importantes banqueros norteamericanos en busca de préstamos. No se los dieron, y a los que le sugirieron que desistiera de ese propósito les ripostó que requería de dinero y no de consejos. Necesitaba 750 000 dólares para acaparar la mayoría de las acciones y derribar a la junta directiva en la asamblea de 1907. Resolvería su problema con el Arzobispo de Nueva York que adquirió un millón de dólares en acciones de 85 y al cinco por ciento con la garantía de que en un año Steinhart se las compraría a 90, lo que hizo, en efecto.

El dictador Machado, en tratos con la llamada Compañía Cubana de Electricidad, a la que autorizó a operar en Cuba, y en complicidad con Steinhart, hizo que la Havana Electric traspasara a la nueva empresa el monopolio de la generación de electricidad y de fabricación y distribución de gas. El ex cónsul y sus principales asociados se beneficiaron con el negocio, no así la mayor parte de los accionistas cubanos y españoles que vieron como a partir de ese momento su entidad debía comenzar a pagar la electricidad que movía a los tranvías y adquiría una deuda millonaria.

EL ÚLTIMO TRANVÍA

Fue el comienzo del fin. Apenas hubo ya inversiones nuevas en la havana Electric. Steinhart hijo, al asumir la dirección de la empresa, no le insufló el soplo de juventud que de él se esperaba. Más que nada, la ayudó a morir. En una hábil maniobra financiera barrió a los pequeños accionistas y liquidó la empresa en condiciones que lo favorecían tanto a él como a la Electric Bond & Share. La quiebra técnica de la Havana Electric era un hecho. El traspaso, durante el gobierno de Prío, de la concesión del transporte urbano habanero a la empresa de los Autobuses Modernos, dio el puntillazo a los tranvías.

Dice el doctor Manuel López Martínez que a las 12:08 del martes 29 de abril de 1952, hizo su entrada para siempre en el paradero de Príncipe el P2, número 388, último tranvía que circuló por las barriadas habaneras, en su postrer viaje de regreso. Había salido a las 11:22 de la noche anterior para cumplir su itinerario de siempre. El despedidor, Guillermo Ferreiro, con más de 30 años de servicio, ordenó la salida con algo de nostalgia. Cuando el motorista J. Amoedo y el conductor M. Rey recibieron el cartón de salida sintieron que algo se les desprendía del corazón. Era como un desgarramiento interior y rompieron a llorar porque para ellos aquel sería también su último viaje.

Sources: CiroBianchiRoss/InternetPhotos/TheCubanHistory.com

– TRADITIONS: THE FUNERAL SERVICES IN CUBA. (Photos) * * TRADICIONES: LOS VELORIOS EN CUBA. (Fotos)

TRADICIONES: LOS VELORIOS EN CUBA

Cuando yo era niño –y no hace de eso tantos años- un velorio era todavía un velorio. Un acto revestido de solemnidad aunque no faltase en ninguno de ellos el chistoso de guardia a quien los reunidos escuchaban sus pujos a falta de algo más interesante que hacer. Entonces, tan pronto se conocía la noticia de la muerte de un conocido, amigos y vecinos se aprestaban a “cumplir” con el difunto. Las mujeres vestían de negro y aquel que andaba siempre en mangas de camisa casi agradecía la oportunidad para volver a lucir el traje que se compró cuando el bautizo de la niña y que no usaba desde que ella cumpliera los 15, pero que bien cepillado volvía a quedar como nuevo. Un trajecito de entretiempo, de apéame uno, pero que todavía daba el plante con la corbata de listas, que era la única. O la guayabera de hilo, con la infaltable corbata de mariposa, muy cómoda porque venía de fábrica con el lazo hecho y bastaba con sujetarla al cuello con sus presillas, que también eran de fábrica.

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En ese tiempo, “por cumplir”, la gente se pasaba la noche entera en la funeraria, aunque tuviera que escucharle una y otra vez a los dolientes el relato pormenorizado de los días pasados en el hospital, la lenta agonía y los esfuerzos vanos del médico por prolongarle la vida. Menudeaban frases como “no somos nada” y otras que recordaban lo efímero de la existencia y no era raro que alguien aludiera una y otra vez a lo vivito y coleando que andaba el difunto antes de morirse. Los familiares no reprimían los ayes ni las lágrimas ante cada expresión de pésame que se acompañaban con besos, abrazos y sonoros manotazos en las espaldas y el silencio y la tranquilidad del lugar se rompían de cuando en cuando con manifestaciones de dolor mal contenidas. Desmayos. Subidas de presión. Calmantes, tazas de café y juguitos. Cuando los funerarios se disponían a llevarse el ataúd uno o más familiares se abrazaban a la caja como si abrazaran al muerto mismo. “No, no se lo lleven”, decían a voz en cuello. Pero era la hora y había que llevárselo.

No era lo mismo un velorio en Caballero que en Maulini o en Fiallo. Pobres y ricos seguían divididos al borde de la tumba. Y en la tumba misma. La muerte tenía también rango y clase y el servicio fúnebre se pagaba en consecuencia. Existía el término medio, que era el que brindaba la funeraria Nacional. Los funerarios de medio pelo o sus agentes recorrían clínicas y hospitales para enterarse de quién en ellos estaba a punto de fallecer e ir enamorando a los familiares a fin de que no se les escapara el negocio. Un negocio que se disputaban en ocasiones ante un cuerpo todavía caliente. Pese a las diferencias y aunque el muerto no protestara, lo mismo daba un velorio en Rivero que en Luyanó o en Oliva: el entierro no salía hasta que no se pagara el funeral. No valían súplicas ni promesas. Y había zonas en el cementerio. Según la ubicación de la bóveda, así era la posición económica del muerto. Una necrópolis que reproducía en sus cuadros y en el lujo de los panteones la ciudad de los vivos, con su Country Club, su Miramar, su Vedado, su Llega y Pon…

VIENE DEL PASADO.

En Cuba, la costumbre de velar un cadáver viene de atrás, es decir, de España y África y es tan vieja entre nosotros que ya en una de nuestras primeras publicaciones literarias, El Papel Periódico de La Habana, en su edición correspondiente al 4 de diciembre de 1804, aparece un “Extracto de lo que suele acontecer en los velorios”. Cuenta su autor que un día, frente a una casa donde se velaba un cadáver, uno de los amigos del muerto, para animarlo a entrar, se le acercó y le dijo: “Pase usted a divertirse, que para todos hay y para más que vengan”.

En opinión del historiador Emilio Roig de Leuchsenring, los velorios en aquella época eran verdaderas orgías. Así sucedía en Andalucía, y principalmente en Granada, donde la “feliz subida al cielo de un angelito” se acompañaba con una gran fiesta. Mientras los padres lloraban la pérdida, sus amigos cantaban y bailaban con loca alegría junto al cuerpo sin vida del niño. Fernando Ortiz, por su parte, puntualiza que eso de hacer una fiesta de un hecho luctuoso fue reforzado por los negros llegados como esclavos.

Quizás aquí sea conveniente precisar que, a diferencia de lo que sucede en las ciudades, en los campos cubanos velorio no es sinónimo de mortuorio. Nuestros campesinos velan a un santo, y no precisamente en su día, por agradecimiento o en pago de una promesa. O velan a un cerdo mientras se asa en púa y en ambos casos hay música y baile y corre la bebida. Ya en 1875, Esteban Pichardo, en su Diccionario provincial casi razonado de voces y frases cubanas, afirma que velorio es “la acción y efecto de velar en reunión a una persona difunta o próxima a morir… Si el cadáver es de algún niño perteneciente a la gentualla, el velorio se convierte en diversión. En La Habana vulgar también hay velorios de mondongo, lechón asado, etc., conforme sea el sustituto del difunto para cenar muy tarde, beber, bailar…” Dice además: “La noche pasa en conversación a voz baja, intercalándose más tarde sus golosinas, café y otras bebidas”.

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CHOCOLATE SERVIDO.

Porque si en los velorios de hoy se ve pasar a veces una botella de ron, y más de una también, solo por espantar el pesar y no por otra cosa, desde luego, comer era práctica habitual en los velorios de antaño. El pintor inglés Walter Goodman, que vivió en Santiago entre 1864 y 1869, recuerda en su libro Un artista en Cuba un velorio al que asistió en esa ciudad porque los familiares querían un retrato del difunto. Allí los concurrentes ahogaban su tristeza en la copa que alegra y en la charla animada y se sirvieron dulces, bizcochos, café, chocolate y puros habanos. En los años 20 del siglo pasado, el poeta Rubén Martínez Villena, en su “Canción del sainete póstumo”, imaginaba su propio velorio donde “las apetecidas tazas de chocolate/ serán sabrosas pautas en la conversación”.

En un libro hoy desconocido y olvidado, Viaje de Nueva Granada a China y de China a Francia (1881) del que existe un solo ejemplar en Cuba, su autor, el colombiano Nicolás Tanco y Armero, que llegó a La Habana en 1851 y se enriqueció con la trata de chinos, se traza esta imagen vívida de un velorio de entonces.

“Desde el instante en que ha muerto alguno, se coloca el cadáver en medio de la sala sobre un catafalco que generalmente es muy lujoso, cubierto de terciopelo negro y lleno de multitud de adornos del caso… El pobre muerto se halla muy quieto y tranquilo en medio de colgaduras y cirios, pero la concurrencia de amigos no permanece del mismo modo. Triste es decirlo, pero las escenas que se pasan en estos momentos son escandalosas: en lugar de la compostura y el silencio que exige un acto de esta clase, reina la mayor algazara y ruido. Todos los amigos se reúnen en un cuarto donde generalmente están los parientes del finado y hablan de todas las materias en voz alta como si estuvieran en su casa.

Cuando se acercan las doce de la noche se pasa al comedor, y allí les aguarda una magnífica cena donde con el humo del champaña y las tajadas de jamón se suele mitigar un tanto el dolor. Allí, al ruido de los corchos, empiezan los consuelos de cada cual a los allegados… Los niñitos se levantan de la mesa y mascando sus buenas tajaditas se acercan a contemplar el cadáver. En un cuarto especial hay mesas de juego para los aficionados…”

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EL FUNERARIO.

Nunca he visto comer en un velorio, y quizás vuelvan ahora las apetecidas tazas de chocolate, pero sí asistí de niño a algunos que tuvieron lugar en la propia vivienda del difunto. Se contrataban los servicios de una casa fúnebre, que ponía el ataúd, las velas, el crucifijo y el carro, y los dolientes pedían sillas prestadas entre los vecinos. En los años 20 y 30 hubo en La Habana un funerario célebre en lo que al velorio casero se refiere. Se apellidaba Raola. Ya desde mucho antes existían funerarias en esta capital. Caballero, por ejemplo, se fundó en 1857, en Centro Habana, y allí estuvo hasta que en los años 40 o quizás antes se trasladó para de 23 y M, que no era entonces la esquina céntrica que sería después. Y ya que sobre esto hablamos, recuerdo la ocasión en que en Santiago de Cuba, sin tener donde dormir, pasé toda una noche, con mis bártulos de reportero errante y casi vagabundo, en la funeraria Bartolomé.

No digo que el dolor por la pérdida de un ser querido sea menor, pero la muerte, “algo que diariamente pasa”, se ve de otra manera. Hoy los velorios se han simplificado. A veces no duran las 24 horas que antes se hacían de rigor. Palabra esa exacta para una mala noche. Son pocos los que pasan la noche completa junto a un muerto pues con el pretexto del transporte, “que está pésimo”, o de compromisos ineludibles en la mañana siguiente, a las once, a más tardar, empieza la desbandada. De los que “cumplieron” porque muchos se hacen el chivo loco y ni por la funeraria se portan por estrecha que fuera su amistad con el muerto.

CiroBianchiRoss/InternetPhotos/TheCubanHistory.com
LOS VELORIOS EN CUBA.
The Cuban History, Hollywood.
Arnoldo Varona, Editor

Vista de la Habana. Cuba en Fotos.
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TRADITIONS: THE FUNERAL SERVICES IN CUBA.

When I was a child, and not that many years ago, a wake was still a wake. A solemn ceremony clad but not missing any of them humorous guard who pushes the meeting listened to his lack of anything more interesting to do. Then, as soon as the news of the death of an acquaintance, friends and neighbors knew were preparing to “comply” with the deceased. Women dressed in black and one who was always in shirtsleeves almost grateful for the opportunity to re-wear the dress that was purchased when the girl christening and had not worn since she turned 15, but well groomed again look like new. An outfit halftime of apéame one, but it still gave the plant lists with necktie, which was the only one. Or guayabera thread, with the inevitable butterfly tie, very comfortable because it came factory with tie and made enough to hold the neck with loops, which were also factory.

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At that time, “to meet” people spent the night at the funeral home, if I had to listen again and again mourners detailed account of the last days in the hospital, the slow agony and the vain efforts of doctor prolong life. Menudeaban phrases like “we are nothing” and others who remembered the ephemeral nature of existence and it was not unusual for someone again and again alluded to who was alive and well before the decedent died. The family no woe nor repressed tears at every expression of condolences which accompanied with kisses, hugs and slaps on the back sound and silence and tranquility of the place were broken occasionally with manifestations of evil contained pain. Fainting. Pressure rises. Soothing, coffee cups and little juices. When the funeral was about to leave with the coffin one or more family members hugged the box as if it embraced the dead. “No, do not take him,” said loudly. But it was the time and had to take it.

It was not as a wake in Knight in Maulini or Fiallo. Rich and poor remained divided on the brink of the grave. And in the same grave. Death had also rank and class and the funeral service was paid accordingly. There was the average, which was afforded by the National Funeral Home. Funeral middling or its agents roamed clinics and hospitals to find out who of them was about to die and go courting the family so that they can not escape the business. A business that sometimes fought to a still warm body. Despite the differences and although the dead did not protest, as in Rivero gave a wake in Luyanó or Oliva: funeral was not until the funeral was not paid. No entreaties nor promises were worth. And there were areas in the cemetery. Depending on the location of the vault, so was the economic position of the dead. A necropolis that played in his paintings and in the luxury of the city pantheons of living, with its Country Club, the Miramar, the Vedado, its comes and Pon …

COMING FROM THE PAST.

In Cuba, the habit of ensuring a corpse comes back, that is, of Spain and Africa is as old among us and one of our first literary publication, The Newsprint Havana, where appropriate edit to 4 December 1804, a “Extract what usually happens at wakes.” Author has a day, compared to a house where a corpse is watched, one of the friends of the dead, to encourage him to enter, approached him and said, “you pass to have fun, that’s all that and more come “.

In historian Emilio Roig de Leuchsenring opinion, wakes at that time were true orgies. This was the case in Andalusia, mainly in Granada, where the “happy climb to sky an angel” was accompanied with a big party. While parents mourned the loss, his friends sang and danced with joy by the crazy lifeless child’s body. Fernando Ortiz, meanwhile, points out that a party making a tragic fact was reinforced by blacks arrived as slaves.

Maybe it should be made clear here that, unlike what happens in the cities, in the Cuban countryside wake is not synonymous with mortuary. Our farmers watch a saint, and not in his day, thanks payment or a promise. Or watch a pig while grilling barb and in both cases there is music and dancing and drinking runs. Already in 1875, Esteban Pichardo, where almost provincial Dictionary Cuban reasoned voices and phrases, says wake is “the action and effect of ensuring in meeting a deceased person or next to die … If the body is of a child belonging to the gentualla, the wake becomes fun. In Havana there are also wakes vulgar tripe, roast pork, etc., as is the replacement for the late late to dine, drink, dance … “He also says:”. The night passed quietly in conversation, interspersed later his goodies , coffee and other beverages. ”

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CHOCOLATE SERVED.

For if in the wakes of passing today is sometimes a bottle of rum, and also more than one, just to scare grief and nothing else, of course, eating was common practice in the wakes of yesteryear. The English painter Walter Goodman, who lived in Santiago between 1864 and 1869, recalls in his book An Artist in Cuba a wake he attended in that city because the family wanted a portrait of the deceased. There concurrent drowned his sorrow in the cup that cheers and the lively conversation and served sweets, cakes, coffee, chocolate and cigars. In the 20s of last century, the poet Rubén Martínez Villena, in his “Song of the posthumous farce”, imagined his own funeral where “prized cups chocolate / savory guidelines will be in the conversation.”

In a now unknown and forgotten book, New Granada Travel to China and from China to France (1881) for which there is only one copy in Cuba, its author, and the Colombian Nicolas Tanco Armero, who arrived in Havana in 1851 and is enriched by the Chinese, this vivid image of a wake then trace.

“From the moment when one is dead, the body was placed in the middle of the room on a catafalque which is generally very luxurious, filled and covered with black velvet case multitude of ornaments … The poor dead is very still and quiet amid hangings and candles, but the concurrence of friends does not remain the same. Sad to say, but the scenes that are passed right now are shocking: instead of composure and silence which requires an act of this kind, and hubbub reigns more noise. All friends gather in a room where the relatives are usually late and talk about all the materials aloud as if they were at home.

When approaching the twelve o’clock passed the dining room, and there awaits them a magnificent dinner with smoke where champagne and chopped ham is usually somewhat mitigate the pain. There, the sound of corks, start the consolations of each to the relatives … Little children get up from the table and chewing their good tajaditas, can see the corpse. In a special room no table games for the fans … ”

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FUNERAL.

I’ve never seen eating at a wake, and perhaps now become prized chocolate cups, but some child attended that took place in the late homeownership. The services of a funeral home, which put the coffin, candles, crucifix and hired carriage, and asked mourners chairs borrowed from the neighbors. In the 20s and 30s there was a famous Havana funeral home in which the funeral is concerned. Raola his last name. Already existed long before burial in the capital. Knight, for example, was founded in 1857 in downtown Havana, and was there until the 40s or maybe earlier moved to 23 and M, who was then the central corner would be later. And as I talked about this, remember the time that in Santiago de Cuba, no place to sleep, I spent a whole night with my belongings reporter wandering vagabond almost in the Bartholomew funeral home.

I do not say that the pain of losing a loved one is smaller, but death, “something that happens every day” is another way. Today wakes have been simplified. Sometimes not last 24 hours previously done of rigor. That exact word for a bad night. Few people spend the entire night with the dead as with the pretext of transport, “you are bad” or unavoidable commitments in the morning, at eleven o’clock at the latest, start the rout. Of those who “met” because many crazy kid and they do not behave by the funeral home that was close by his friendship with the dead.

CiroBianchiRoss / InternetPhotos / TheCubanHistory.com
Los Velorios en Cuba.
The Cuban History, Hollywood.
Arnoldo Varona, Editor

CUBA: The Old Dating. + Los Antiguos Noviazgos. (Spanish)

LOS ANTIGUOS NOVIAZGOS CUBANOS
Por Esteban Fernández

El fallo inicial en los noviazgos cubanos era que EL NOVIO estaba encargado de correr con todos los gastos de la boda, y casi siempre el pobre muchacho estaba trabajando de dependiente en una bodega o estudiando en el Instituto o en la Universidad y no tenía ni donde caerse muerto.

En otras palabras, “se estaba comiendo un cable”, y al enamorarse, tenía ante si la responsabilidad de una boda. Encima de eso iba a pedir la mano de su novia, y lo primero que le decía el padre de la muchacha (con cara de malo aunque fuera más bueno que el pan) era: “Y ¿cómo es que tú piensas mantener a mi hija?”…

Y ahí había que inventarle un montón de mentiras, alardes y promesas para convencer al viejo, cuando en realidad estaba pensando: “¿Qué sé yo como voy a mantener a esta chiquita si no tengo ni la menor idea de como me voy a mantener yo?”…

Y eso traía como consecuencia que los noviazgos duraran hasta 15 años. Y después de pasadas décadas de noviazgo, todavía el novio se mantenía firme prometiendo que mejoraría de empleo o que terminaría pronto su carrera universitaria para después casarse.

A todas estas, y durante todo ese tiempo de noviazgo, el novio solamente podía robarle unos cuantos besitos a la muchacha cuando su mamá se iba a la cocina a colar café; unas cuantas caricias mas apasionadas (a eso le decían darse “un mate” ) si se les presentaba la oportunidad en algún lugar, y si tenia mucha suerte, le rozaría una rodilla a su futura esposa. En aquellos tiempos la vigilancia sobre las parejas era inflexible, porque desde que el novio entraba por la puerta de la casa, la futura suegra se le plantaba delante que tal parecía un guardia rural del machadato.

Ya la familia había escogido tres sillones, dos para los novios y otro para la señora de la casa que se ponían en forma triangular. Al principio los balances eran nuevos, pero a los cinco años de noviazgo ya los tres sillones estaban desfondados. Tengo un amigo que nunca llegó a casarse con su novia, pero tuvo la delicadeza de traer tres sillones nuevos de regalo al pelearse con la muchacha.

Y para salir con la novia al cine, al parque, o a un baile, había que llevar a retortero a la chaperona, y no solamente eso, sino que también había que pagarle la entrada en todas partes. Y en el baile, si el muchacho se pegaba demasiado a su novia, entonces la señora venia con tremendo carácter y los separaba.

Increíblemente, muchas veces después de 10 años de noviazgo, los novios se peleaban y lo triste del caso era que HABÍAN PERDIDO TODA SU JUVENTUD en el empeño.

Después del 10 de Marzo del 52, el asunto de los noviazgos fue aún peor porque a los jóvenes les dio por usar la excusa de ser revolucionarios, pertenecer al Movimiento 26 de Julio y al Directorio. Y aunque no se metieran en nada, había huelgas en los Institutos todos los meses, y la Universidad casi siempre estaba cerrada.

Esa fue una magnifica excusa para aplazar bodas y para posponer y cancelar noviazgos. Y después, para colmo, vino el fidelato y lo mejor de la juventud cubana fue a parar a las cárceles, y más tarde vino la miseria colectiva. Los jóvenes aducen que no tienen futuro, y es hasta difícil conseguir un lugar donde los recién casados puedan vivir solos.

No todos, pero algunos de los muchachos jóvenes, en lo menos que piensan es en casarse, sino en conseguir una turista, aunque sea un adefesio, que se case con ellos y los saque de aquel infierno.

Gracias a Dios, puedo terminar este escrito con un caso muy bonito de noviazgo. Es el caso de una buena amiga mía, simpática, agradable, joven y bonita, llamada Marta Granda, quien se enamoró de un valiente muchacho del pueblo llamado Eddy Carrera Vallina y se hicieron novios. Él fue apresado, fue condenado y cumplió 16 años como preso plantado. Ella lo esperó durante todo ese tiempo. Al fin él salió de la cárcel, se casaron y son muy felices…

Pero hoy en día, para bien o para mal, la palabra noviazgo es sinónimo de dinosaurio, algo sacado de la época de las cavernas. Y los padres han aprendido que la ‘chaperona’ es un personaje del pasado que venia en una de las carabelas cuando Colón llegó a América. En estos momentos, en cuanto una pareja se enamora, comparten un cuarto sin contar con la opinión de nadie.

Sources: EstebanFernandez/InternetPhotos/TheCubanHistory.com