CUBA (HOY): EL VEDADO, corazón de la diversión en La Habana, hoy convertido en desierto. PHOTOS. * CUBA (TODAY): EL VEDADO, the heart of Havana’s nightlife, now a deserted area. PHOTOS.

Es el primer vehículo que veo después de varios minutos de estar sentada en el lugar. / 14ymedio.

CUBA (HOY): EL VEDADO, corazón de la diversión en La Habana, hoy convertido en desierto. PHOTOS.

Sin transporte y sin gasolina, La Rampa, la calle 23, Coppelia y otros lugares míticos sufren la crisis que afecta todo el país.


LA HABANA- Es sábado y salgo para El Vedado. La sola mezcla de este día de la semana con La Rampa, la calle 23 y los alrededores del hotel Habana Libre y de la heladería Coppelia, significaba hace unos años diversión, encuentro con los amigos y terminar la noche disfrutando de algún espectáculo. Pero esa ciudad ya no existe. Ahora, las avenidas están casi vacías, los clubes se mantienen cerrados y los conocidos que ponían rostro y nombre a cada esquina se han marchado. Solo quedan los que no se han podido ir.


Enfilo por la barriada de La Timba hasta bordear la plaza de la Revolución. Ni pensar en atrapar un transporte que me lleve hasta las cercanías de la avenida de los Presidentes. Todo el periplo lo hago a pie. La calle Paseo es un desierto a las diez de la mañana. En un poste, alguien se ha atrevido a colgar un cartel que dice “Gasolina” y un número de móvil. Imagino que si llamo me dirán el precio de ese líquido que, ahora mismo, monopoliza los sueños y los desvelos de todo el país. Ayer un vecino me dijo que tenía el litro de especial a 4.000 pesos, pero ya debe haber subido.

Imagino que si llamo me dirán el precio de ese líquido que, ahora mismo, monopoliza los sueños y los desvelos de todo el país. / 14ymedio


En una esquina, varios autos descapotables de un color rosa chillón, participan en la filmación de un videoclip. El contraste es brutal. Los pasajeros sonríen a la cámara desde la peculiar fila de vehículos lustrosos a pocos metros de un inmenso vertedero. Mientras contemplo el espectáculo, un mosquito me pica en el tobillo, un trozo de piel que olvidé untar con repelente. Los insecticidas se han convertido en parte inseparable de nuestro “módulo de guerra” antes de salir de casa. Estamos en una permanente batalla para evitar el contagio de alguno de los arbovirus que nos acorralan.

Mi esposo lleva meses con las secuelas del chikunguña. Manos inflamadas, dolor articular, decaimiento y un caminar lento que se ha convertido en el sello distintivo de los que pasaron la enfermedad. Delante de mí, por la calle D, va una mujer con ese paso robótico que le ha dejado la enfermedad. No puedo dejar de recordar las escenas de la película Juan de los muertos, con una ciudad llena de zombies que atacan a los que aún respiran. Pero en La Habana no queda gente viva para agredir, todos, de una u otra forma, ya somos cadáveres.

Estoy frente al edificio más alto de Cuba. Uno esperaría que en los alrededores del hotel Iberostar Selection, conocido también como Torre K, hubiera un ir y venir de taxis, clientes y guías turísticos, pero nada. La entrada absolutamente vacía le da un toque de abandono a este feo bloque de concreto y cristal. Solo un hombre que delira y lanza gritos con frases inconexas sacude el letargo que se extiende en ese trozo de acera hasta la otrora esquina más trepidante de La Habana: 23 y L.

Los pasajeros sonríen a la cámara desde la peculiar fila de vehículos lustrosos a pocos metros de un inmenso vertedero. / 14ymedio


Cruzo al otro lado de la aurícula izquierda del corazón de El Vedado aunque la luz para los peatones sigue en rojo. No importa. Podría bailar por un rato en medio de la popular intersección y no correría peligro alguno de atropello. Dos adolescentes pasan con sus scooters y otro demente mueve los brazos como las aspas de un ventilador frente al cine Yara. Perder la cordura es fácil en una realidad que cada día nos reta con nuevos absurdos. Los amigos que no se han ido viven tomando pastillas que los anestesian. “No me quiero volver loca”, me repite un vecina mientras me enseña el blíster de diminutas píldoras que lleva en la cartera.

Alcanzo la calle Infanta. Huele a orine. Me siento en un portal frente a Radio Progreso. En pocos minutos desfilan varios ancianos pidiendo dinero. Un negocio cercano ha contratado a dos fornidos guardias de seguridad que evitan que los mendigos interactúen con sus clientes. Una familia de turistas, los primeros que veo en mi periplo, se acerca para leer el menú del restaurante. La mujer le pregunta al empleado si la puede ayudar a tener acceso a internet porque la tarjeta SIM que le ha comprado a Etecsa “not working”. El hombre le explica que el servicio es malo y hay horas del día en que no funciona. La cara de ella es un poema: no entiende que le hayan cobrado por algo que no sirve.

Frente a mí pasa una excavadora de un amarillo reluciente. Es el primer vehículo que veo después de varios minutos de estar sentada en el lugar. Subidos en la pala van cinco hombres. Voy a tener que pedirle a mi vecina una de esas pequeñas pastillas para no enloquecer.

Agencies/ 14Ymedio/ Internet Photos/ (CUBA (HOY)/ Arnoldo Varona.
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CUBA (HOY), LA HABANA, EN ESTADO CRITICO. PHOTOS. * CUBA (TODAY), HAVANA IN CRITICAL CONDITION. PHOTOS.

No logro recorrer con mi vista un solo metro cuadrado donde no haya alguna inmundicia, rotura o hueco. / 14yMedio.

LA HABANA, EN ESTADO CRITICO. PHOTOS. (CUBA (HOY).

La capital cubana vive sus peores momentos: basura en cada esquina, mercados desabastecidos, precios por las nubes, calles vacías por la crisis del combustible. No logro recorrer con mi vista un solo metro cuadrado donde no haya alguna inmundicia, rotura o hueco.



LA HABANA- Cuando se acerca un ciclón, las calles de La Habana toman otra velocidad. El paso se acelera, los vendedores ofrecen con más insistencia su mercancía y los pequeños negocios apuran el cierre antes de que comiencen a soplar los vientos. Este viernes no se espera un huracán, pero la ciudad por la que transito parece aguardar por un monstruo que supera cualquier nivel en la escala Saffir-Simpson. El miedo no lo provocan las posibles ráfagas, sino la parálisis total de un país por falta de combustible.



En el mercado de la calle Tulipán me aguardan varios puestos de venta ya cerrados por la crisis energética. “Mañana no vuelvo, estamos en estado crítico”, grita en una conversación, desde su móvil, un comerciante con una tarima que hasta hace unas jornadas estaba repleta de productos importados. La gente prefiere alimentos que no necesiten refrigeración ante el temor de que los apagones, que ya se han multiplicado en las últimas horas, sigan aumentando hasta oscurecer del todo la ciudad.



Pongo en la bolsa dos paquetes de maní en grano. No necesitan conservarse a temperaturas bajas, tienen bastantes nutrientes y, en caso de que no funcione el servicio de gas, pues no será un gran sacrificio comerlos crudos. Descarto los huevos, aunque me hagan falta. Solo los están vendiendo por cartón, con 30 unidades a 3.200 pesos, y temo que se echen a perder si los cortes eléctricos se alargan. Agrego unas cebollas y un mazo de cilantro. Lo poco que he comprado me cuesta más de 4.000 pesos, por encima de una pensión mensual promedio.



Arriba un cielo azul de postal turística que invita a la calma y, abajo, nos movemos nerviosamente entre la cochambre y el desespero.


Arriba un cielo azul de postal turística que invita a la calma y, abajo, nos movemos nerviosamente entre la cochambre y el desespero. / 14ymedio


Un joven ironiza con que pronto habrá que venir al mercado con una carretilla porque el peso cubano se sigue devaluando y los precios se mantienen subiendo. Me imagino empujando billetes en uno de esos improvisados carritos con los que, cuando niña, ayudaba a acarrear agua hacia mi casa en Centro Habana. La vida tiene esa manera de regresarnos a un punto que creíamos superado y hacerlo de una forma que nos haga sentir nostalgia de los tiempos en que cargábamos agua y no papeles inútiles hacia mercados casi vacíos.



En toda la zona por la que transito da la impresión de que una mano, desde los cielos, ha volcado un inmenso cubo de basura. A los desperdicios que se acumulan en las esquinas, formando montañas de cartones, bolsas y plásticos, se le suman los desechos que hay por todas partes. No logro recorrer con mi vista un solo metro cuadrado donde no haya alguna inmundicia, rotura o hueco. Yo misma me siento algo astillada. Tengo dolor en las pantorrillas de tanto subir y bajar 14 pisos por las escaleras a falta de electricidad que mueva el ascensor. Me di un golpe en el codo levantando unas bolsas de tierra para sembrar algunas especias en mi terraza, de cara a la “opción cero”, y en las noches duermo poco por el sobresalto de la electricidad que viene y va, generando zumbidos, clics y gritos que brotan del vecindario.

Ahora, a las afueras del mercado la prisa es evidente. “Coge tus últimos ajos aquí antes de que me vaya”, grita un hombre, sin camisa, acompañado por una adolescente. Son apenas las nueve de la mañana, así que la amenaza de su partida no tiene nada que ver con el horario del mercado. “Ya no vengo más, aprovecha ahora”, subraya por si alguien no entendió que esta es la última jornada en que tiene transporte para llegar hasta la calle Estancia, plagada de baches y donde tradicionalmente, si los inspectores no irrumpen, se extienden desde puestos con pomadita china, pasando por máquinas de afeitar desechables hasta cilindros de gas licuado.

No necesitan conservarse a temperaturas bajas, tienen bastantes nutrientes y, en caso de que no funcione el servicio de gas, pues no será un gran sacrificio comerlos crudos.


No necesitan conservarse a temperaturas bajas, tienen bastantes nutrientes y, en caso de que no funcione el servicio de gas, pues no será un gran sacrificio comerlos crudos. / 14ymedio

Pero hoy la película va en cámara aún más rápida. Como aquellas escenas grabadas al inicio del cine, que se filmaban con menos fotogramas por segundo y, al reproducirlas en nuestros días dan la idea de muñecos de cuerda que se mueven frenéticamente de un lado a otro, mis vecinos y yo también parecemos estar “fuera de revoluciones”, nunca mejor dicho. La escena no podría ser más contrastada. Arriba un cielo azul de postal turística que invita a la calma y, abajo, nos movemos nerviosamente entre la cochambre y el desespero.

Una moto me pasa a rente porque camino por la calle. Las aceras están devastadas y son un peligro para los tobillos. Pero el conductor no me grita un insulto ni me pregunta con ironía si acaso tengo “chapa”. Una extraña comprensión del otro, un ponerse en los zapatos de cada uno ante el colapso que estamos viviendo parece haberse extendido por los alrededores del mercado. En mi sucio barrio, al menos por estos días, “el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano”, o, más ajustado a la realidad: sufren juntos y evitan machucarse unos a otros.

Una viejita se me pega cuando estoy comprando unos diminutos claveles con más hojas que pétalos. “Dame algo para comer”, me dice con voz queda. Tiene la piel del rostro tan pegada al cráneo que le adivino cada tendón, cada músculo que pasa por debajo. Ya no se sabe ni qué cantidad empieza a ser una dádiva decente. ¿Si le doy 50 pesos se sentirá insultada porque no alcanza ni para comprar un huevo?, me cuestiono. ¿Cien sigue siendo demasiado poco para que esta anciana pueda comer algo? Hasta ser generoso en tiempos de caos monetario resulta difícil. Uno no sabe cuándo va a ayudar o a denigrar a alguien con estos inservibles papeles de colores que conforman nuestra moneda nacional.

Además, hay un polvo gris que lo cubre todo. Cae sobre nuestras cabezas. Son los basureros a los que han prendido fuego. Si me asomo desde el balcón los veo humeando aquí y allí, salpicando la geografía habanera. La ciudad huele como una aldea medieval donde las llamas tratan de hacer lo que en la modernidad es el trabajo de los servicios comunales. Una vecina me cuenta que sus crisis de asma se han multiplicado, que los ojos le lloran todo el tiempo y que se encierra en su cuarto, bajo la sábana, a ver si la peste y el humo no la alcanzan.

Mis vecinos y yo también parecemos estar “fuera de revoluciones”, nunca mejor dicho.


Mis vecinos y yo también parecemos estar “fuera de revoluciones”, nunca mejor dicho. / 14ymedio


Apuro el paso cerca de la montaña de desperdicios más próxima a nuestro edificio. Dominando el paisaje, en el cartel sobre el Ministerio del Transporte, se lee “hasta la victoria siempre”. Hay un joven hurgando en los desechos. Espero que termine para tomar una foto. Si antes la pobreza se veía con más crudeza entre la gente mayor, ahora hay un sector de niños y adolescentes cubanos que llevan en el rostro las señales del hambre. Tienen esa extrema delgadez y ese color amarillento del que solo come, de vez en cuando, pequeñas porciones de malos alimentos.

Regreso a casa y paso por un comercio gestionado por una mipyme. Estamos en apagón. El antiguo garaje reconvertido en pequeña bodega parece una cueva oscura. Un cliente se queja de que no puede hacer su pago electrónico porque no hay electricidad ni conexión de datos. La empleada se encoge de hombros y responde: “Bastante que estamos abiertos, porque mañana no se sabe si podremos”. Una atmósfera de despedida lo embarga todo. Nadie tiene la certeza de si la tienda del barrio abrirá la próxima semana, de si el conductor del triciclo eléctrico que lleva mercancías de un lado a otro habrá podido cargar su batería, de si el paciente crónico de la casa cercana sobrevivirá a la falta de un transporte que lo lleve a un Cuerpo de Guardia. Nos despedimos entre todos, también, en cámara rápida.

Llego a los bajos de mi bloque de concreto. Bromeo con un vecino que advierte que es la tercera vez que hoy me ha visto subiendo las escaleras. “Estoy entrenando para un maratón”, le respondo. Sí, me estoy preparando para una carrera de fondo, aunque para el tramo que queda por delante hace falta más fuerza interior que unas rodillas firmes. Finalmente, llego arriba. Me asomo. El humo de otro basurero ha surgido en el horizonte. Creo que sale de allá, del barrio donde acarreaba agua siendo niña.

Agencies/ 14Ymedio/ Yoani Sanchez/ Internet Photos/ CUBA (HOY)/ Arnoldo Varona.
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PESE AL CERCO energético impuesto por EE UU, una empresa china comercializa combustible en Cuba. PHOTOS. * DESPITE THE ENERGY embargo imposed by the US, a Chinese company is selling fuel in Cuba. PHOTOS.

Frente al bloqueo petrolero, el Gobierno autoriza a cualquier empresa con capacidad de compra a adquirir combustible. / 14ymedio

PESE AL CERCO energético impuesto por EE UU, una empresa china comercializa combustible en Cuba. PHOTOS.


Con el aval del Gobierno, Fujian Trebor Trading Company vende en dólares gasolina y diésel a mipymes en tanques de 25.000 litros.


LA HABANA- A pesar de las penalizaciones impuestas por Estados Unidos a quienes comercien combustibles con Cuba, una compañía china llamada Fujian Trebor Trading Company –que se presenta en internet como distribuidora mayorista de calzado– está introduciendo y comercializando gasolina pagada en dólares para mipymes, en partidas de hasta 25.000 litros.


El combustible se vende a 2,50 dólares por litro si el comprador entrega un isotanque vacío, y a 3,45 dólares por litro si también adquiere el depósito. El importador asegura la entrega 21 días después de recibido el pago.



Contactadas para solicitar detalles sobre la operación, varias mipymes confirman que las gestiones deben realizarse a través de la importadora Quimimport, empresa estatal dedicada a la compra de productos químicos, donde los interesados deben “calificarse como clientes” y esperar la correspondiente “propuesta comercial”.


Una de las empresas hizo llegar a este diario los requisitos exigidos para la compra de diésel y la aprobación de la solicitud de importación: para poder recibir el combustible el cliente debe presentar un Certificado de Microlocalización emitido por Planificación Física, que incluya las coordenadas exactas del lugar donde se ubicará el depósito; una certificación de la APCI (Agencia de Protección Contra Incendios) de la Brigada de Incendios del Cuerpo de Bomberos; el certificado de aforo y normalización del tanque emitido por Metrología, en los casos en que el depósito sea rentado a una empresa estatal; una declaración de la empresa en la que conste que el combustible será para uso propio; y el Contrato del Depósito (el correspondiente convenio o contrato de arrendamiento, cooperación o acuerdo de almacenamiento) cuando el tanque pertenezca a una entidad estatal.

El combustible se vende a 2,50 dólares por litro si el comprador entrega un isotanque vacío, y a 3,45 dólares por litro si también adquiere el depósito
Según publicó la agencia EFE este jueves, que confirma que son varias las mipymes privadas que ya han comenzado a importar combustible, el Gobierno ha sostenido en los últimos días reuniones con empresarios extranjeros radicados en el país y con emprendedores locales para explicarles el mecanismo de estas operaciones.



El combustible, explica la agencia española, se transporta en tanques de acero inoxidable de dimensiones estandarizadas a bordo de buques de carga. Las fuentes de EFE indicaron que los envíos proceden tanto de Estados Unidos como de otros países de la región.

El pasado 7 de febrero, el ministro de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera, Oscar Pérez-Oliva Fraga, explicó, al presentar el plan de ahorro frente al denominado bloqueo petrolero, que el Gobierno estaba habilitando y autorizando a cualquier empresa con capacidad de compra a adquirir combustible.

Las autoridades cubanas insistieron en que el combustible importado por particulares solo podrá destinarse al consumo propio y que su comercialización está prohibida. Esto sugiere que estas operaciones terminarían favoreciendo principalmente a negocios vinculados al Estado (como sus plataformas de venta online) y no a la población.



Agencies/ 14YMedio/ Internet Photos/ CUBA (HOY)/ Arnoldo Varona.
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